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"La gran mentira", por José Ramón Sales

LA GRAN MENTIRA

José Ramón Sales

Un minúsculo planeta en el Sistema Solar; una imagen de serena belleza pincelada en azul. A simple vista todo pudiera indicar que, en justa correspondencia, la vida contenida en ese pequeño mundo ostentaría el mismo grado de hermosura. Nada más lejos de la realidad. Una realidad que se torna ofensiva por el manifiesto descaro con el cual proyecta ese rostro afable y sugerente. El manto de virtuoso encanto tras el que suele esconderse la bestia.

Bien podría decirse que nuestro mundo fuera una gema colocada en la oscuridad del universo por la mano de un invisible hacedor. Sin embargo, la acerba realidad nos muestra un génesis menos ensoñador. Fue del caos, de las violentísimas colisiones estelares y del inenarrable fuego primigenio, de donde surgió nuestro inhóspito mundo. Un mundo que debió abrirse paso entre las fuerzas desatadas de la creación cósmica. Y la vida que surgió de él debió combatir duramente para sobrevivir.

 Bajo sus espectaculares, amables, o bucólicos paisajes, se esconde una cruel y retorcida ley: la muerte diaria de sus seres vivos. Una atroz carnicería que resuella continúa e inexorablemente en el pálpito de la tierra, alanceando la psique de cualquier inteligencia.

Lo que estaría fuera de toda duda para cualquier foráneo, no lo es para la raza predominante del planeta, cuya cabalidad ha perecido en la sucesiva adaptación al entorno, atemperando su percepción. Un entorno familiar, donde la mortandad diaria ya no produce ninguna desazón, en la medida en la que también se sabe y contempla la propia extinción. Responsable de la masacre diaria de las especies; ya sea para justificar la centrípeta cadena alimenticia del planeta, por mero lucro o por simple placer, el ser humano afronta un destino tan patético como terrorífico, de no acogerse a uno de los varios planteamientos de proyección ultraterrena.

Lobo para el propio hombre, los terráqueos diezman a sus semejantes desde que se erigieron como ente supremo del planeta. A pesar de la interminable guerra fraticida que parece envolverles desde incontables evos y de la cultura de muerte en la que prosperan, su capacidad para dejar de ver lo consustancial resulta tremendamente inquietante.

Los terrícolas se dividen básicamente en dos grupos: los crédulos y los incrédulos. Siendo los primeros el clan más numeroso, las sociedades se desenvuelven en un sempiterno caos, repleto de carencias y sinsentidos. Gracias e esto, un grupo de elite, armado con sus bastos conocimientos en diversas áreas, se encarga de dominar a las dos facciones.

Con dicha premisa, las sociedades humanas legitiman el derecho a la mentira, como recurso establecido y moneda de cambio habitual. Y es que los humanos han tenido que valerse de una y mil estrategias para salir airosos de incontables lances a través de su ajetreada historia. En nuestro genoma viaja tal heredad como medio de supervivencia; por lo cual nos resulta cómodo movernos subrepticiamente. A diario nos mentimos a nosotros mismos, al jefe, a los amigos, a los padres, a los hijos, a las esposas, etc. Resulta tan natural que apenas lo percibimos ya. Y a más poder, el escarnio es mayor.

No creo descabellado argüir que los humanos son los mayores mercaderes de La Vía Láctea. En el planeta Tierra, todo el mundo tiene algo que vender; ya sea una idea o una casa; una crema o una presidencia. Y es bien notorio en el arte de la venta que la falacia señorea, pues lo importante es vender. La imagen falseada de lo que se nos ofrece nos envuelve por completo; casi podemos aspirarla desde que ponemos pie en el nuevo día: noticias, remedios medicinales, cremas, alimentación, ideas políticas, deportivas, religiosas, préstamos, seguros, colchones, etc. Y así hasta la extenuación.

Todo el mundo parece mentir a todo el mundo. Pequeñas, medianas, enormes mentiras. No resulta sorprendente que la familiaridad haya conseguido desdibujar el hecho; motivo por el cual, en un momento dado la gente se echa las manos a la cabeza, totalmente sorprendida cuando un escándalo sale a luz.

¿Tan ciegos hemos quedado para no ver la realidad que nos circunda?

¿A estas alturas de la evolución aún nos puede resultar novedosa la fórmula: poder+dinero=corrupción? Si es así, algo me dice que un día nos caerá la tan manida bomba —química o atómica— mientras canturreamos alegres por el verde prado.

¿Que los políticos son corruptos? ¿Que los bancos engañan? ¿Que las parejas se separan? ¿Que las leyes son injustas? ¿Que los curas sodomizan? ¿Que se trafica con órganos? ¿Qué miles de niños mueren a diario por desnutrición? Claro, claro; y mucho más. Muchísimo más.

Aun con todo, lo que más temor suscita, es esa falta de visión de los crédulos; la que nos llevará, tarde o temprano al holocausto social. Esa masa adocenada, inculta, gregaria, acomodaticia, de la que se valen los listillos de turno. Los vendedores de ideales se hacen ricos gracias a la credulidad. Los charlatanes, cuyo estandarte suele ser el altruismo en cualquiera de sus manifestaciones, triunfan ante un público deseoso de ser guiado cómodamente.

Hay una falta de contextualización. La dicacidad no agrede al problema social, y toda elegía tiende al dilema personal. Máscaras, espejos y decorativismo.

Hemos heredado la pasión por los cuentos. Ya en tiempos remotos, los miembros de la tribu se reunían alrededor de la fogata, donde un tipo narraba las gestas de turno sobrealimentadas en la fantasía y el mito. Una visión actual estereotipada la compone los cuentos y mentiras que nos seducen a través del cine, las novelas y similares. Historietas pergeñadas por un señor que nos hacen vivir aventuras, arropando ese lado insólito de los seres humanos, proyectándose hacia una sugerente irrealidad. Y, por si fuera poco, degustamos la llamada ficción histórica, donde oscuros exegetas trabajan la solaz alquimia. Sobran las palabras.

Pero, si entre todo este mayestático enredo algo padece de sentido común, es la proclama de los grupos religiosos, los acólitos de la Nueva Era y otras simientes bienintencionadas, que nos arengan con la proclama de un mundo feliz, pacífico y sin guerras. Una sociedad amorosa. Desde luego, cualquier estudio científico, o personas con dos dedos de frente, deberán hacer funambulismo para congeniar algo así con la vida real. Sin guerras, pandemias, desastres naturales y otros similares, hace siglos que la existencia sobre el planeta habría llegado al colapso, habiendo degradado y consumido todos los recursos naturales. Tan solo pensemos que, si en lugar de vivir 70 u 80 años, viviéramos de promedio 170 o 200 años, el grave problema que tendríamos. ¿Hace falta decir algo más sobre esa quimera flatulenta que no cejan de repetirnos los insensatos? Morir es de vital importancia. Y en grandes cantidades. La ley que rige, coordina y equilibra nuestro planeta, así lo exige.

Estamos necesitados de que los crédulos abandonen su estólido marasmo, imbuyéndose de la tremenda realidad que no desean contemplar. Que de una vez por todas, dejemos atrás misticismos y mitos, quimeras y utopía, para proyectarnos, si cabe, hacia la única posibilidad de salvación, erradicando a los legisladrones que someten al mundo. Aterricemos pues de una vez; afiancemos los pies en el suelo con firmeza y aprendamos a vivir en el mundo que nos ha tocado en suerte. Y si alguien no comparte mi maniquea reflexión, le exhorto a que se quite la venda y mire el panorama actual.