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CRÓNICAS REBELDES, "Intelecto" por José Ramón Sales

 

CRÓNICAS REBELDES

Intelecto

 

     Durante la última mitad del siglo XIX y primeros años del XX, el nativismo -precursor de lo que hoy llamamos racismo- fue un factor capital en la política y pensamiento americanos. Por citar uno de tantos ejemplos, a los negros, judíos e irlandeses se les calificaba de "un amasijo de ignorancia, crimen y superstición". Los inmigrantes eran definidos como "seres con movimientos instintivos gregarios" o "carne sin intelecto", entre otros peyorativos étnicos.

 

     A pesar de la manifiesta repulsa hacia este pensamiento, la descripción no deja de ser ásperamente familiar si nos paramos un instante a meditar sobre nuestro entorno: ignorancia, crimen, superstición, gregarismo, falta de intelecto. Y esto me produce una gran comezón. ¿Acaso las manifestaciones del protagonista de "El último puritano" sobre la lucha de clases no son tan aberrantes? En la novela, Alden reprende a su hermano por relacionarse con personas de inferior condición: "Tus amistades ya han influido en tu lenguaje y tus costumbres. La misma influencia podría afectar, con el tiempo, a tu moral, por no hablar de tu futuro". Extrapolado a la situación actual, puede que estemos sufriendo una especie de pandemia provocada por ciertos intereses, perfectamente adosados a nuestros instintos primarios. Y así, el reinado de las sombras nos devuelve a tiempos pretéritos, sumidos en la felicidad de la ignorancia. Bien pareciera que la clase dirigente estuviera, hoy más que nunca, estableciendo esa acusada diferencia entre la pose aristocrática y la plebe, la riqueza y la pobreza. Aquí deberíamos recordar la impertinencia que el intelecto ha representado para el estatus dominador, quien siempre ha intentado mantener a la masa lejos del conocimiento y la sabiduría con fines lo suficientemente obvios como para citarlos en este breve ensayo. Algo que tiene su homónimo en la triste condición que las sociedades han impuesto siempre a las mujeres, relegándolas a un papel secundario, negándoles estudios y una participación activa. Un medio del que Mefistófeles se ha valido, es la distracción. Los deportes en masa le favorecen; a los eventos patrocinados y otros, ha venido a sumarse la creciente tecnología con sus atrayentes propuestas. Los adictos a las consolas crecen de forma alarmante, mientras que las nuevas y desesperanzadas generaciones, beben para divertirse y olvidar. ¿Ha de extrañarnos que los estudios recientes en nuestro país voceen improductivamente sobre el descenso del nivel intelectual del alumnado?

 

     Soy de la opinión que la falta de cultura e intelecto nos aboca hacia una sociedad violenta y cruel. Siendo objetivos, hemos cambiado la cultura que proporcionan los libros por la verborrea de los anodinos programas de televisión, asolados por una epidemia de inocuo charlatanismo; la sana escritura por los rudimentos del messenger, el whatsapp, etc. las películas de los grandes cineastas, por los mega espectáculos basados en cómics -perdón, novelas gráficas. Que un joven de hoy en día lea libros, novelas o ensayos, en lugar de entregarse completamente a la disipación, nos resulta chocante. Hasta ese grado hemos llegado. Las buenas tertulias, donde antaño podíamos contrastar, aprender y cultivarnos, han derivado hacia el esperpento del botellón y sucedáneos. Pero lo más execrable es que estemos convirtiendo la ineptitud en una virtud.

 

     En lo que más me concierne, como escritor, evoco uno de tantos casos; el de la poesía de Clark Ashton Smith que fue saludado como un joven genio, compañero de Milton, Keats y Byron. Sus mayores le consideraron el poeta americano más importante, allá por 1920. Pero como apunta Sprague de Camp, "el gusto de la gente cambia siempre de manera imprevisible, de suerte, que en realidad no existe un progreso en las artes". El verso de Smith se basaba en el soneto, y la tendencia se decantó por el verso libre. La ventaja de este verso amorfo reside en que es fácil, denominándose "la poesía del perezoso". En un mundo donde, generación tras generación, el intelecto generalizado escora, el estilo se hizo tremendamente popular. Algo parecido acontece hoy día con el estilo que cultivan la mayoría de las novelas, las que, evidentemente necesitan de 600 a 800 páginas para exponer su contenido, amén de justificar el precio de venta. ¿Dónde a quedado la artesanía del aforismo, la intensidad de la comunicación basada en una equitativa justedad? Bien parece, que una novela de 300 páginas cuyo contenido supere a una de 800, requiera un esfuerzo adicional del lector; el cual, habituado a esa pereza intelectual, necesite de una exposición simple y coloquialmente vulgarizada que redunde en una cantidad ingente de páginas. ¿No fue considerado siempre una virtud decir mucho con poco? Desgraciadamente, mediatizados, adocenados y empobrecidos intelectualmente, las gentes se precipitan inexorablemente hacia el pozo donde subyacen los peores estratos de una sociedad abocada a la barbarie, en todas sus acepciones.

 

     Así las cosas, un odio racionalizado que parece consolidarme como una especie de hereje del siglo XXI, me hace afirmar que el tiempo, con su poderosa fuerza, comienza a fastidiarme más de lo que debiera; y es que, lo que el viento se lleva es sustituido por una pátina de impoluta necedad sobre la que destellan los truenos de su prosaica miseria.