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Crónica de marzo de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes. "El culebrón televisivo"

EL CULEBRÓN TELEVISIVO

José Ramón Sales

 

 

Tengan la absoluta certeza que el denominador común de estas crónicas es el análisis de la estulticia humana. Todo eso que damos por sentado en nuestra vida, pero que, sensatamente reflexionado, nos muestra su absurdo.

Este mes quisiera subir a la palestra el tema de los seriales televisivos; antaño radiofónicos. La concomitancia entre los dos medios tenía su sentido en una sociedad condicionada por los medios, la cual encontraba una válvula de escape a las presiones sostenidas, igualmente ligadas a nuestra condición humana.

Si hay algo que define el antes y el ahora, es la absoluta y perpetua mediocridad de la oferta televisiva. Cuando las dos cadenas estatales fueron arropadas por las privadas, en el comienzo de los noventa, todo hacía suponer que gozaríamos de una mejor programación. Lo mismo ocurrió con la llegada de la era digital y su ingente caterva visual;  y en ambos casos el marasmo se hizo patente. Tanto, como la falta de creatividad que adolece el medio; un escenario donde todos se plagian sin el menor escrúpulo. No es de extrañar que nos encontremos a las mismas horas, programas parecidos en la mayoría de la cadenas. La mímesis alcanza tales cotas, que lejos del ridículo, provoca la más mortal de las bulimias. Al menos, sería ésta una de las explicaciones al consumo exacerbado de imágenes por parte de aquellos que gustan de una continuada e interminable aventura visual.

Lo que más llama la atención es la devoción que muestran los acólitos a la caja tonta —hoy, apenas un sucinto marco—, abducidos por su irreverente magia. Y no es cosa para tomársela a risa, en un medio donde imperan los programas basura y la más infecta alcahuetería. El voyeur hitchcockiano se ha quedado en pañales.

Todo ello nos hace pensar en la calidad del telespectador medio. Sería lícito pensar que, a paladares exquisitos, impolutos manjares. A fin de cuentas, todo obedece a una oferta y demanda. Luego entonces, ¿qué deducción extraeríamos de la valía televisiva? La respuesta estaría ligada indudablemente al nivel intelectual del espectador.

 

La vida es corta, pero a los pergeñadores de los culebrones se les debe antojar eterna. Nos hacen perder el tiempo enganchados a mastodónticos seriales. Un tiempo precioso en el que podríamos estar degustando otras y variadas propuestas, sean cinematográficas, televisivas, o de cualquier otra índole. La mente es capaz de asimilar muchísimos datos, pero nos lobotomizan con sus perezosas propuestas. ¿Cómo si no podemos enfrentarnos a una historia interminable, que apenas avanza en su nudo central, y cuyo final puede ser inexistente?

En este tipo de productos, el eje de la historia se torna cansino, enfangado en una multitud de subtramas, cuya elongación rompe a menudo las fibras. Los mercenarios escriben a golpe de talonario las continuas ideas que surgen sobre la marcha, promoviendo continuos revuelcos, hasta que la cansada audiencia promueve, a menudo, el abrupto final, cancelando la siguiente temporada. Este ha sido y será el final inconcluso de muchos seriales televisivos, cuyo homónimo lo encontramos en los plomizos noticieros.

Cuarenta canales cantándonos cada día la misma salmodia, siempre incidiendo en el lado más pésimo, oscuro y morboso del alma humana. Y es que todo lo que pende del otro lado de la balanza, lo positivo, parece no llamar la atención. Asesinatos, vicio, terrorismo, guerras, catástrofes y corruptelas, parece ser que es lo único que vende, o nos agrada. La contaminación es tal, que nos despertamos escuchando los desmanes del día, en lugar de hacerlo con una hermosa melodía de Händel, Schubert o Mendelssohn. Después, vemos el telediario del mediodía, y de la noche; leemos el periódico —en papel o digital—, y nos podemos la estola del pesimismo, pasándonos el día despotricando ante la escasa justeza de la vida.

 

El lector ya habrá sacado sus propias conclusiones ante los afectos de este cronista, que pobremente puede desvincularse de sus escritos. Y no falta aquí la razón, pues lo nacido de la sangre siempre conlleva su débito. En este sentido, mi escarnio fue más allá de lo razonable. Una vez más, acometí la reprobable tarea de sentarme ante una serie, aconsejada por las sabias lenguas, que más tarde mostrarían su montaraz condición. Homeland es una premiada y alabada producción de la Fox, que inoculé en mi propia carne con el fin de experimentar el compuesto.

De entrada, enseguida contemplé el débito de la serie hacia la novela de Richard Condon, «El mensajero del miedo», publicada en 1959, y promotora del excelente filme de John Frankenheimer, en 1962; así como una decente revisitación en el 2004, dirigida por Jonathan Demme y protagonizada por un contenido Denzel Washington. Si antaño era la Guerra de Corea, y después la Guerra del Golfo, el remozamiento para adaptar la historia a los tiempos actuales era el conflicto de Irak y Al-Qaeda. En definitiva, y para empezar, nada original.

Como no pretendo aburrirme nuevamente, resumiré el evento diciendo que, tal y como estaba previsto, nunca llegó el esperado desenlace, que permitiera librarme de la pesadilla auto infligida. Una docena de capítulos para narrar algo que no necesitaría más de dos horas. Los personajes y situaciones entretejían el alambicado relleno, sin apenas avanzar. Algo así como cuando parloteamos con alguien de edad suficiente, como para lanzarnos en volandas de nuevas historias que no vienen al caso,  y no promueven una satisfactoria aclaración de lo que se nos pretendía relatar.

Claro está, en el caso de Homeland, habría que esperar a la segunda, tercera, o sabe Dios cuántas temporadas, para aclarar aquel embrollo. Lo más cómico del asunto es que la venden como un thriller. Tal y como diría la teniente Ripley: «¿Ha descendido el nivel del coeficiente intelectual desde mi ausencia?»

El thriller se caracteriza por su ritmo rápido, debiendo avanzar con paso firme hacia su resolución. No se puede escribir un thriller de 1.000 páginas, o una serie de 12 horas, porque la tensión y agilidad requerida hará aguas indefectiblemente. Deberíamos crear un nuevo concepto para definir tal acontecimiento.

 

Exploradores, la simpática película que Joe Dante realizó en 1985, ya ridiculizaba la peculiar catarsis del televidente, a través de los púberes alienígenas; impúdica muestra de las chorradas televisivas de los terrícolas, y su astringente contaminación.

Por todo lo expuesto —y mucho más que dejo en el tintero—este impenitente hereje seguirá resistiéndose a la conversión; aunque al final quede absolutamente cercado, tal y como le aconteciera a la protagonista de la Invasión de los ultracuerpos.

 

                                                           FIN