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Crónica de enero. Crónicas rebeldes. "Mercaderes de esclavos", de José Ramón Sales

MERCADERES DE ESCLAVOS

José Ramón Sales

 

El diccionario de la Real Academia Española define esclavitud como: “Persona que carece de libertad por estar bajo el dominio de otra… sometido rigurosa o fuertemente a un deber”. La siempre recurrente Wikipedia nos amplia el término: “La esclavitud es una institución jurídica que conlleva a una situación personal por la cual un individuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libremente de su propia persona y de sus bienes.

Estoy convencido de que la mayoría detecta en éstas definiciones aspectos y síntomas de lo que hoy acontece en la sociedad y con nuestras vidas. No debemos extrapolarlo fielmente dentro de un contexto excesivamente purista; pero sí podemos objetivizar ciertos aspectos de la condición social que gradualmente nos sume en un estado de privación de libertades y derechos.

Podríamos hacer aquí un pequeño alegato global, a tenor de los acontecimientos que continuamente se suceden por el planeta; no obstante me decanto por centralizarlo en la inmediatez; en este convulso país llamado España.

El poder siempre enmascara sus verdaderos propósitos, que siempre vienen envueltos con los pomposos lazos de la necesidad o el altruismo social; cuando todo obedece a una simple y enfática ley: obtener pingües beneficios. Esto hace necesario que en un próximo artículo de las “Crónicas rebeldes” hablemos del poder y de una de sus mejores herramientas: la coerción. Porque, amigos míos, esto es tan antiguo como el propio mundo. Lo que ocurre es que, con la pérdida de ese ojo revisionista enfocado al pasado, hemos dejado de lado muchas y sabias lecciones.

En tiempos de crisis, el status de poder obvia todo compromiso social que no conduzca a la arenga del recorte, en todos los estamentos; así como al de la nefanda subida de impuestos. Y digo nefanda en toda su acepción, porque repugna el descaro con el cual el poder exprime y empobrece a la plebe.

Años de lucha y esfuerzo en la consecución de un estatus social, equiparable para todos los seres humanos que bogan por una vida digna, se están desmoronando en tan sólo unos pocos meses. Una vez más, específicos líderes políticos, con los particulares intereses de partido, nos devuelven lenta e inexorablemente a una época feudal de implícito oscurantismo. Los nuevos señores feudales se regodearán en sus poltronas, asumiendo su posición en medio de continuos escarceos con la riqueza, mientras el pueblo llano trabaja de sol a sombra bajo un látigo tan real, como invisible.

La clase media de este país desaparece. En unos pocos años tan sólo habrá ricos y pobres. En época de crisis, el dinero hace más dinero, y el pobre lo es más. Todo lo que se nos vende es una falacia, en la cual el poderoso sabe cómo obtener provecho, manipulando en la sombra. Los modernos esclavos vivirán para trabajar, en unas jornadas laborales que no permitirán el noble descanso, imposibilitados para tener unas sanas relaciones; y menos aún atender una familia, o la crianza de sus vástagos. El empresario —moderno capataz— impondrá unas réprobas condiciones laborales, abocadas a la continua esclavitud, donde el descanso semanal o vacacional serán meras minucias.

Los costes de la vida serán elevados, y el feudo mantendrá un alto precio. La esperpéntica democracia actual será una oligarquía, sometiendo a un pueblo debilitado económicamente, cuyo objetivo será sobrevivir, producir, consumir para aumentar el grado de producción, liberándose finalmente a una edad demasiado elevada. Ya cansado y envejecido, con unas relaciones personales truncadas, optará a una ridícula pensión, teniendo que pagarse parte de los medicamentos y costes que le genere la vejez. Ni siquiera tendremos derecho a una muerte digna. Sólo a morir. Y cuanto antes perezcas, antes dejarás de ser un lastre para el estado de poder. Porque, tan sólo somos eso; unos números y nombres en su omnisciente control; ganancia o pérdida. Una cuestión de dinero.

Los gobiernos no basan su función en el bienestar común y en la calidad de vida, sino en el poder económico; aunque ellos nos vendan la idea completamente al revés. Fue Ghandi quien dijo que la calidad de una nación, su nobleza e integridad, se basa en la cantidad de pobres que pululan por sus calles.

Pues estamos listos.

Ya sabréis todo el negocio millonario que se esconde tras la privatización de la sanidad. Esperad y llorad. Y si la raza crédula espera que a partir de ahora las cosas cambiarán para bien, su ignominiosa venda supura una detestable pobreza cultural. Por favor, dense aludidos de una vez por todas, que el poder y el dinero hacen buenas migas. En este país —y en muchos otros— la misma cantinela resuena una y otra vez. Miles de millones de euros engrosan sacas de unos desaprensivos. La corrupción seguirá como siempre, resurgiendo con el devenir de los tiempos no lejanos. La avidez de dinero acrecentará la trapacería en un país recobrado, que para mayor inri persistirá en las férreas restricciones que llenan las arcas. Entre tanto, los sueldos millonarios de políticos y directivos crearán un auténtico sentido de casta. Una casta que persistirá en su divino trono, rodeado de un séquito de ayudantes y alfombras púrpura por la que deslizarán sus sonrientes rostros y estirados trajes, congratulándose en los diversos certámenes que promuevan sus ineptos quehaceres; escenografía digna del Olimpo: premios y galardones, inauguraciones, congresos, viajes, etc. Todo ello regado con suntuosos y oníricos ágapes, que harían las delicias de cualquier mortal.

Hay un programa en la Sexta, que os recomiendo por la ironía con la cual encauzan todo esto. Se trata de El Intermedio. Lo malo es que, al reírnos de todo los que nos acontece, también caemos en la trampa de la condescendencia. Pero, a falta de pan…

Un estado que deja de gobernar por y para el pueblo, atendiendo a sus propios y veraces egoísmos, deja de tener crédito. Por supuesto, hará caso omiso a cualquiera de las manifestaciones colectivas que el pueblo promueva, disolviéndolas enérgica y contundentemente, llegado el caso. En este punto, el pueblo, la auténtica fuerza, debe tomar conciencia de sí y derogar todo atavismo con sus líderes y sus normas, a fin de hace oír su voz y necesidad.

Es lamentable, pero seguimos estando necesitados de personajes como Euno, Espartaco o William Wallace. De un Cid Campeador que nos libre de la tiranía, del yugo de la opresión y la esclavitud. Debemos abandonar nuestro sedentarismo y plúmbea actitud, para cultivar la iconoclastia; cada cual desde su puesto. Aunque se trate una ínfima, minúscula renuencia. Este hereje lo hace desde la palabra y la letra, utilizando alguna de sus mejores aptitudes. Porque la sociedad somos todos nosotros. Y nosotros y nuestros hijos merecemos una vida mejor. Tenemos la oportunidad ahora de cambiar el rumbo de los previsibles acontecimientos con el fin de que las futuras generaciones tengan algunas oportunidades; para que no seamos recordados como una generación indolente que se dejó llevar mansamente al exterminio.

Así pues, luchad o pereced.