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Crónica de febrero. José Ramón Sales. Crónicas rebeldes. "Esa cosa llamada amor"

 

 

ESA COSA LLAMADA AMOR

José Ramón Sales

 

 

 

       Nada más apropiado en el mes de San Valentín, que diseccionar una de las improntas más extraña, y  a la vez más importante de nuestras vidas. Algo, cuyo poder derriba reinos, destituye reyes, dilapida fortunas, hace temblar al más estoico de los hombres, y hasta puede causar la muerte.

Esa inefable cosa que llamamos amor, no es para tomársela a la ligera.

Claro está, tendremos que andar con pies de plomo, y ahondar con prístina sensatez para sortear los innumerables vericuetos de tan fantástica trama. Cierto es, que de tan enrevesada, podemos perdernos entres sus apasionados repliegues. Al menos, albergo grandes esperanzas de que, por una vez, el artículo no caiga en el ácido derrotismo de costumbre, a tenor de las ciclópeas estulticias del género humano.

Comencemos pues.

Al parecer, hay muchas clases de amor. El habido entre adultos, el filial, el amor hacia los animales, el religioso, el amor a la naturaleza, al dinero, a nuestro ordenador, etc. De entre todos, al parecer, el más altruista —con ligeras excepciones— es el de los padres hacia los hijos. Pero el que más nos interesa es el primero, dada la astuta amalgama de sus recovecos.

Arthur Schopenhauer, en su denostado tratado sobre el amor y las mujeres, resume todo el proceso como una argucia de la naturaleza, cuya finalidad es alumbrar una vida. Para él, es el único propósito, a pesar de que el axioma esté, en un principio, alejado de toda dilección.

Desde luego, este tipo de amor es el más retratado a lo largo de la Historia, llenando poemas, pinturas, novelas, canciones, y demás sentidas manifestaciones del corazón humano. Casi la totalidad de ellas retrata el primer estadio de su evolución, el cual es el más apasionado; tal y como nos muestra hoy día el celuloide y los interminables seriales televisivos. Ése primer encuentro es el más fascinante, sobre todo si se abren las interrogantes en torno a si dicho sentimiento podrá o no consolidarse. Y es algo que funciona. Nos hace permanecer atentos e ensimismados, queriendo saber si al final los protagonistas se quedarán juntos. Cuando esto sucede, nos sentimos felices.

¿Y lo que pasa después?

Parece que hemos desarrollado un instinto innato hacia el lado romántico de estas cuestiones, no haciéndonos falta saber qué les deparará el destino a los amantes. Y resulta tremendamente paradójico que tras el alumbramiento deje de interesarnos su evolución. Una muestra más de lo complejos y contradictorios que somos.

Al igual que cualquier ser humano, la relación amorosa sufre todos los cambios  de una evolución física y psíquica; pero, al parecer, tan sólo nos atrae esa representación idealizada y almibarada de lo que entendemos es el momento cumbre.  Con algo de edad y sentido común, intuiremos los sinsabores y problemas, grandes o pequeños, a los que se enfrentará la pareja a lo largo de los años, y cómo el tiempo afectará a su pasión, a su amor, y a los exultantes rostros con los cuales inician la aventura.

Si nos enfrentamos al emblemático rito religioso que une a los futuros cónyuges, envueltos en la impresionante aureola que deviene todo lo que se nos vende como cuasi eterno: «hasta que la muerte os separe», la perspectiva es de tan complicada, sobrecogedora. Esto es fácil de entrever cuando vemos la dirección y el sentido temporal de la existencia. Y así, nunca podremos saber cómo el tiempo afectará y moldeará el carácter de la persona con la que nos comprometemos en ese viaje. Es igual de incierto como la hora en la cual nos despediremos de esta vida. Así pues, se nos exige un compromiso con lo desconocido. ¿Quién en su sano juicio firmaría un contrato así, de por vida? Al parecer, los inocentes, felices y enamorados protagonistas, para los que sólo importa la plétora de inmediatas propuestas que se extiende ante ellos. El futuro poco importa aquí, sólo la emoción y la pasión del presente.

Lo cierto es que la abrupta y farragosa senda por la que se adentrarán les proporcionará  una singular concomitancia, en la cual, felicidad y dolor, alegría y llanto, serán los patrones a seguir. De ello han hablado mucho los poetas, y han corrido ríos de tina, dilucidando las dos caras del amor: su dulzor y amargura. La cual es sin duda, su consustancial cualidad.

De una forma generalizada, la pasión amorosa va perdiendo terreno con el paso del tiempo, inmolándose en el altar de la convivencia. No importa cuántas libaciones le ofrendemos. Es una degradación inexorable que contrastamos al ver a las jóvenes y maduras parejas.

La convivencia entre dos personas no es cosa fácil; sobre todo cuando el sexapil del inicio ha quedado atrás, y arriban a nuestro muelle los hijos, las hipotecas, las penurias económicas, los diversos problemas y un sinfín de responsabilidades. Los enamorados a menudo se pierden en una selva tan frondosa, como inacabable. Sus encuentros amorosos se distancian y condicionan; la rutina crea su invisible lazo, anudándolos.

Esta gradual exfoliación pasional sacude también el mundo sexual de la pareja. No es ninguna nadería. A fin de cuentas, el sexo y el amor son dos cosas distintas, como está bien demostrado. La unión de ambos elementos, no devalúa la empírica afirmación. Podemos hacer sexo sin amar a la otra persona. Es un hecho. Como el que ninguna relación aguantaría sin interactuar sexualmente; por mucho amor que se manifieste.

El amor entre adultos siempre exige una correspondencia continua. Y cuando no obtenemos del otro lo que no gustaría, comienzan los sinsabores. Del mismo modo en que todo panegírico escasea.

 

En los albores del siglo XXI el índice de separaciones parece aumentar de forma alarmante. Me pregunto si estos baremos no son un mero sofisma. No hay nada nuevo en la relación sentimental entre adultos. Cabría preguntarnos si antaño, cuando el nudo social era más rígido y las normas reprobaban dichas rupturas; cuando las mujeres no estaban emancipadas socialmente y los hombres se hallaban ligados a los férreos patrones de conducta y a la legislación imperante, qué habría pasado si se hubieran sometido a la impronta actual. Posiblemente, eran muchas las mujeres que sufrían y  sollozaban en soledad, aguantando las tiranías machistas.

Particularmente sintomático me resulta el proceder de los más pudientes. Dicen que el dinero no da la felicidad, pero ayuda. Nos resulta natural ver cómos los famosos y adinerados —ellos y ellas— cuentan en su haber con una serie de matrimonios y divorcios; una incesante cadena de romances. Al parecer, los más adinerados compran una eterna primavera; y dejan el otoño para los menos afortunados.

Hasta aquí, todo parece adolecer de un indigente pragmatismo. Pero en la vida, mis queridos y desconocidos lectores, todo es un trueque; y así, la moneda presenta dos caras.

La ególatra prerrogativa  de la procreación hace pervivir la especie y nos redime de nuestro egoísmo y las muchas faltas, porque nada es más cierto que morimos por nuestros hijos. Los anteponemos a nuestra vida. Para quienes disientan de la valiente afirmación, diré que antes de traer una vida a este mundo de lucha, sacrificio, responsabilidad  y muerte, se debería estar en condiciones de ofrecerle todo ello, rodeado de unas mínimas condiciones de vida. Pero el prurito personal nos hace traer niños que serán mal atendidos, que vivirán en entornos hostiles, que sufrirán, que heredarán enfermedades como el sida o el cáncer. Es tan real, como que los traemos al mundo sabiendo que, tarde o temprano van a morir, pero esperamos desaparecer antes y no asistir a su final.

Si todo sale bien, a pesar del patetismo de la condición humana, conseguiremos algo hermoso: una familia. Un núcleo de personas que se cuidan y aman las unas a las otras. Es complicado, porque todos los elementos deben estar equilibrados. Cualquier anomalía puede derrumbar el templo. Hay que hacer verdadero funambulismo y sortear enérgicos temporales.

La vida pasa para los protagonistas. Sus ajados rostros y su corazón acumulan las heridas del tiempo y cientos de batallas. Unas, ganadas; otras, perdidas. Apenas recordarán cuando dejaron de amarse como al principio. Los sentimientos han mutado, mezclándose con los de padres. Son amantes tranquilos, y amigos entrañables que han compartido la aventura de la vida. Las llamas se tornaron en caldeadas y dulces brasas. La maravillosa excitación que representa descubrir al otro, ha esculpido su antítesis; pero hay un tono especial cuando se entiende y comprende; se conocen las virtudes y los muchos defectos, y se asumen las diferencias para borrarlas. Cuando uno de ellos muere, el otro le sigue. El infausto melisma tiene su fundamento, porque al final son una sola entidad. Tal vez ésta sea la enseñanza.

 

El gran demiurgo ha establecido las leyes de nuestra temporalidad. Y quizá todo se deba al gigantesco meandro que debemos recorrer. Todo son etapas y nada dura eternamente; por lo que deberemos intentar vivirlas con la intensidad requerida. Aquellos cuya experiencia haya sido positiva tañeran laudes alabando su verdad; y el resto la denigrará. En cualquier caso, sus experiencias no habrán de servir a los futuros aventureros. Cada historia tiene su particular final. Puede acabar bien, mal, o en simple marasmo.