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Crónica de octubre de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes. "Es la tradición"

ES LA TRADICIÓN

José Ramón Sales

 

Hablar de los atavismos,  sobre todo si nos atañe de forma tan directa, resulta engorroso, máxime si una buena parte de la enjundia que se mece a nuestro alrededor tiene como base la tradición. Definición leída en cualquier buen diccionario que se precie, es la siguiente: «Transmisión hecha de generación en generación, de hechos históricos, leyes, doctrinas, costumbres, etc.» No hay lugar a duda. La cuestión es dilucidar hasta qué punto es positivo o negativo para las sociedades humanas. La lectura que las tradiciones nos ofrecen, tiene una doble cara; o un doble filo, como se prefiera. En realidad, si nos detenemos a reflexionar, todo lo tiene, pues la dualidad parece ser una de las pocas autenticidades del mundo en el que vivimos. Cualquier elemento que enunciemos dispone de su antítesis; o mejor dicho, y para ser más exactos, de su contrario, como un complemento equilibrador: noche y día, risa y llanto, vida y muerte, etc.

No un siendo un rufián deslucido, lo cortés demanda una exposición de los valores remarcados en la definición, pues todo el conjunto apela a nuestra identidad como especie.  A saber, nos valemos de las tradiciones para preservar a  menudo nuestra egolatría individual, imponiendo nuestros deseos a los demás; pero, en general, dicha entidad perdura gracias al efecto que produce despojarnos de nuestra individualidad en aras de lo que entendemos es el bien común. Muy altruista, desde luego; aunque muchas veces, quizás demasiadas, simplemente nos dejamos llevar por la corriente. Carentes de juicio personal, adoptamos lo que es, aceptándolo sin más. Como meras piezas de un gran y complejo engranaje, nos limitamos a fundirnos en lo que yo denomino «apatía existencial».

En los márgenes de esta indolencia, se encuentran los otros dos extremos: los defensores de la tradición, y sus detractores. Dar lumbre a tal disquisición me parece portentoso, puesto que ambos puntos parecen tener su razón de ser, mecida en la más noble de las coherencias. Todo aquello que atente contra la destrucción de nuestra heredad histórica, deviene harto deplorable. Si no podemos preservar nuestro linaje, perdemos toda identidad, quedando poco menos que huérfanos. Todo el esfuerzo de nuestros antepasados se torna en algo huero, inconsútil, desvanecido en la propia vaguedad de sus contornos. Por otro lado, la pérdida de los eslabones nos precipita de forma más concisa e ineluctable hacia le muerte, ya que las tradiciones comportan la supervivencia del alma humana: podemos desaparecer como individuos, pero el peso de nuestras obras pervivirá.

Resulta fácil contemplar cómo el efecto de la tradición mueve los hilos de nuestras vidas. Está en casi todas las cosas que realizamos, modelando nuestro comportamiento ante la multiplicidad de elementos, estructurando la forma de pensar y reaccionar. A veces decimos «la vida es así», como excusa a nuestro resignado proceder. Una reflexión tan prosaica, como lamentable, en un momento en el que apreciamos ciertas deficiencias en nuestro camino por la vida. Y es que, si las tradiciones nos inspiran y fortalecen, amén de enseñarnos, también nos coartan bajo el yugo de lo inamovible. En cierto modo, podríamos argüir que la impronta de las tradiciones  entronca con el sentido mismo de la existencia, siempre cambiante. Atados a la inexorabilidad del tiempo, pareciera que deseáramos congelarlo mediante el férreo yugo de lo que llamamos tradición.

Siendo esto su mayor defecto, redundaría en inmejorable pretexto traer aquí muchos de los pasajes de la Historia, en los cuales dicha fórmula, no sólo ha constituido un freno para el desarrollo de la humanidad, sino también ha llevado al cadalso a muchos seres humanos. Dado lo imponderable de la cuestión, y estando toda información cultural  al alcance de cualquier persona adulta, lo más pertinente es seguir adelante con el pequeño ensayo. En su lugar, generalicemos, agucemos el olfato, y aderecemos nuestra parte pensante con una pátina de prístino raciocinio. En lugar de pasearnos por los suburbios, adentrémonos en el núcleo, en la raíz del poderoso ente.

 

Toda tradición consiste en preservar el conjunto vitalicio de nuestros antepasados; su legado. El envés que nos procurará, si no andamos con suficiente cautela, es quedarnos varados en un punto inexacto, donde toda simbiosis se tornará en mera utopía. Y puede suceder, entre tanto seguimos las costumbres y dictados de épocas pasadas, difícilmente amoldables al tiempo presente.  Para que la vida fluya, el río y sus afluentes deben saltar y brincar, amoldándose a las diferentes etapas del accidentado recorrido, abriendo nuevos cauces y afluentes si es preciso. Si la tradición se torna en algo rígido, inflexible y nada moldeable, se antepone, como se ha citado antes, al sentido mismo de la existencia.

«El vigor de la vida se manifiesta a través de lo dócil y flexible. La dureza y la fuerza son compañeros de la muerte. Lo que se vuelve duro no puede triunfar», citan los desharrapados protagonistas de «Stalker», resumiendo a la perfección la vieja filosofía de la adaptación. Estandarte que recoge, entre otros, el inefable Bruce Lee, como perfecto exponente de la fusión moderna entre culturas, e impenitente devorador de las diversas corrientes filosóficas: «La flexibilidad es vida; la rigidez es muerte, ya se trate del cuerpo del hombre, de su mente, o de su espíritu». Habría que incidir aquí en la aquella apreciación de Milton entorno a la cárcel de la mente; de cómo nos atamos con los pesados grilletes de la ignorancia y la indolencia.

Si la forma de hacer pervivir el pasado se torna en algo decrépito, falto de juicio, y un obstáculo para el progreso y la evolución, deberíamos pararnos a pensar si lo estamos desarrollando adecuadamente. Sabido es, que el excesivo énfasis conduce al fanatismo, y por ende, a la rigidez de los extremos. Y, por añadidura, si con el devenir de los tiempos aquello que vamos creando y modelando deseamos que perdure, el acervo se tornará desproporcionado. A poco que nos descuidemos en esta forma de razonar, todo será una tradición, sumándose a la ya de por sí indigesta trapisonda que nos reduce a diario la sociedad con la infinitud de normas sobre reglas. Ya lo dijo Buñuel, cuando afirmó que hacía cine para mostrar que éste no era el mejor de los mundos posibles.

La cita del crítico Fausto Fernández viene al pelo: «Galopamos desbocados a la sublimación de la paranoia». Una gran frase; sólo hace falta asomarse al balcón de la vida actual, para que dicho tufillo abofetee nuestra psique con sentida virulencia. Claro está, con algo de edad sobre los hombros, pues al jamelgo joven las pulgas no son tales.

 

Desde mi óptica personal, estoy convencido que todo el conflicto proviene de esa fatuidad que caracteriza nuestra especie; en cómo desarrollamos lo que tenemos a nuestro alcance. Eterno problema. En sí mismas, la mayoría de la cosas son buenas o malas, dependiendo del uso. ¿Es mala la tradición, la política, la religión? Depende de la forma en la que interactuamos con ello. También podríamos esgrimir que la maldad humana forma parte de nuestra tradición, pues si miramos atrás, veremos el cuento repetirse una y otra vez. Maestros impertinentes, aspiramos a tener una serie de discípulos que recojan y preserven nuestra herencia, abonando la tradición familiar; postulado crematístico de nuestro paso por la vida. Nunca antes nadie nos tendió la mano, al tiempo que nos abofeteaba con la otra la mejilla, como eso que llamamos el valor de la tradición. El precio que pagamos atestigua el demérito. Conciliar sus dos polaridades no es empresa fácil; obtener sus beneficios, alejando los inconvenientes, parece escapar a la naturaleza humana. Tal vez, si nos sirviéramos de las enseñanzas de nuestros ancestros, de sus logros y errores, aplicándolo, más bien moldeándolo, a la época presente, todo tendría un sentido más favorable; en lugar de preservar a cal y canto las costumbres de tiempos caducos y marchitos. Los humanos tendemos a la complejidad, creando continuas leyes y patrones de conducta. La mayoría no debería perdurar más allá de las propias épocas para las cuales se crearon y sirvieron.

No pretendo ser leguleyo en tierras ajenas. Consciente de estar hecho de la misma pasta, adolezco de iguales pesares; de los efectos físicos y morales que proveen los conflictos de esta corta aventura. Todos reímos, lloramos, amamos, padecemos, trabajamos y morimos de la misma forma. Esto en sí ya es una soberbia tradición. Magnificarlo y complicarlo aún más, es una impoluta necedad.