Skip to Content

Portal web dedicado a la comunidad valenciana, su gastronomia, su historia, su abundante tejido industrial, sus paisajes mediterráneos, sus costumbres, sus explosivas fiestas, sus artistas, personajes ilustres, su cultura, su luz…Novedades

Crónica de julio de José Ramón Sales. Crónicas rebeldes. "Hablemos de deporte"

HABLEMOS DE DEPORTE

José Ramón Sales

 

 

 

 

 

Es éste otro tema delicado, a tenor del porcentaje de seres humanos que lo practican en todas sus formas, ya sea en el campo, o bien desde el sillón, o llevando sus posaderas hasta las gradas de los estadios. Como todo aquello que mueve a las masas, resulta especialmente atrevido, si no suicida, arremeter contra una serie de principios sólidamente afianzados en nuestra increíble sociedad. A riesgo de ser crucificado como el renuente nazareno, espero que algunos de mis buenos amigos y familiares no me excomulguen por tan elegíaco atrevimiento.

Desde que algún incognoscible hacedor —visto los aburridos y titánicos enfrentamientos habidos en el planeta a finales del Cretáceo— se le ocurrió extinguir la monotonía de unos seres dedicados exclusivamente a la supervivencia, implantando un nuevo orden en el caos, la cosa prometió mucho más. Con el advenimiento de las nuevas eras, brindando una oportunidad a los mamíferos, capitaneados por el Homo Sapiens, todo comenzó a resultar más dinámico, ingenioso y estremecedor.

Nuestra especie ha guerreado desde los albores de los tiempos, y, entre batalla y batalla, en los períodos que empleaba para descansar de tan honesta tarea, dedicada a limpiar el vergel de bocas hambrientas y depredadoras, ideó una serie de juegos que, a la sazón, no era sino una derivación de ese inquieto y belicoso carácter que siempre le ha caracterizado. La idea era la de seguir midiendo fuerzas, a través de una serie de duras, esforzadas, y a menudo, mortales competiciones. Muy poco después de su comienzo, los eventos trascendieron el mero espacio tribal, para derivar en un recurso económico a través de las apuestas en torno a las grupos beligerantes.

 

Los Juegos Olímpicos nacieron en la antigua Grecia, unos ochocientos años antes de Cristo. Por supuesto, sólo para atletas masculinos. Estos juegos fueron los más relevantes del mundo helenístico; aunque no los únicos.

Al margen de las magnas concentraciones deportivas, eran muchos los deportes practicados en el mundo antiguo. Claro está, que muchos eran un tanto sangrientos. Y no sólo me refiero a los gladiadores, sino también al brutal boxeo —practicado unos 4.000 años adC en África— o el completo pankration; una mezcla de artes marciales y lucha griega, donde todo estaba permitido, incluyendo luxaciones y dislocaciones.

Por otro lado, los romanos, muchos años antes de Cristo, ya practicaban un juego de pelota llamado haspastum, precursor del moderno fútbol americano. Las mujeres, por su parte, jugaban en los gimnasios con pequeñas pelotitas rellenas de plumas, evidenciándose la natural fascinación de los humanos por las esferas rodantes.

Esta breve exposición quiere significar que el juego deportivo, al igual que la religión, surge con el nacer del hombre, y beben de fuentes igualmente insaciables. La devoción de cualquier fan deportivo que se precie, iguala la de cualquier religioso. Su fe y lealtad para el equipo es incorrupta; y, a pesar de los desánimos y reveses, se mantendrá firme como una roca, llevando su pasión hasta el momento de su postrer suspiro. Misticismo y deporte, son pues inquebrantables en el espíritu humano.

 

Lejos de un parecer draconiano, intento aliviar lo imbricado, tornándolo en mero talud donde deslizar los desvergonzados argumentos. Menos falacia y más procacidad, conducen a sentidas razones. A saber, los masivos espectáculos deportivos tienen tres finalidades.

La primera, aquietar ese impulso primario en el hombre, heredado de miles de años batallando por la supervivencia. Esto hace que nos guste medirnos y competir, luchando de forma más civilizada. Así, nos gusta derrotar, aplastar a los contrarios, que ya no tienen nombre propio. Todo lo contrario, el enemigo tiene un cariz regional o nacional. Son los pueblos los que luchan entre sí a través del deporte. Como cita una de tantas frases escuchadas por doquier: «Debemos defender el honor de nuestra ciudad frente a todos los equipos visitantes». Y es que el espectáculo deportivo une a todos  sus acólitos en la propuesta de combatir al enemigo, promoviendo la solidaridad étnica, regional o ideológica.

Después de cantar el himno nacional nos convertimos en una masa vociferante, pudiendo en el ardor compartido expresar todo tipo de prejuicios. Por dicho motivo, a lo largo de la historia, el poder nacional ha utilizado este sentimiento de complicidad y celebración para unir a las masas, especialmente contra el vecino. Tanto es así, que en Roma, durante los años electorales, quedaban prohibidas las luchas de gladiadores.

La segunda, mantener distraído al pueblo, aligerando una presión que podría ser perjudicial para la sociedad, si ésta fuera derramada de otras formas menos deseables. Al mismo tiempo, se consigue mantener alejada la mente de otros asuntos que requieren de una mayor atención. Y es que, una estrategia de poder consiste en mantener al pueblo tan distraído y ocupado, que apenas pueda concentrar su intelectualidad. Si un alto porcentaje queda atrapado en esta tela de araña, la conducción será más fácil. Un pueblo que vive el día a día, sin tiempo para ejercitar el intelecto y la reflexión, será carne de cañón para sus dirigentes. Mentes que se podrán manipular con mayor prestancia. Recordemos que en toda guerra lo primero que suele eliminarse es la clase intelectual. Por algo será.

La tercera, hacer dinero. Y aquí, debemos contextualizar.

Los espectáculos deportivos, relacionados con la comunicación de masas, buscan constantemente nuevas fórmulas para llegar a sus audiencias. Este servidor es testigo de cómo se han repartido gratuitamente cromos de fútbol en los colegios, con el fin de ganar adeptos, en una edad impresionable. Una forma maquiavélica de conseguir pupilos.

Durante los partidos, toda publicidad está milimétricamente estudiada. Las promociones surgen en los momentos en los que la multitud experimenta una mayor carga de agresividad colectiva. La verdad, a pesar de lo que pueda parecer —al igual que en la política—, es que los aficionados sólo son un montón de clientes. Es decir, dinero. Por esta razón, las empresas patrocinadoras sacan provecho de esa multitud convertida en masa y de su excitado estado emocional, empujándola hacia un objetivo común: estimular la compra de productos.

Los uniformes se modifican demasiado a menudo. De esta forma, los aficionados que quieren estar al día tienen que comprar nuevas camisetas. Pero la perogrullada no queda aquí. La estrategia consiste en ensalzar a los jugadores de forma individual, y no al equipo, con el fin de que en el joven fan aumente la necesidad de vestirse como su héroe. Por otro lado, presentando a los jugadores como un modelo de comportamiento social, relacionamos fácilmente las marcas publicitarias con el héroe. De esta forma los clubs y las marcas salen ganando, pues estas últimas no hacen su dinero vendiendo los uniformes a los equipos, lo hacen al vender al público los artículos oficiales.

Son tantos los dúctiles recovecos, que no cejo en ver la afinidad con la religión y la política. En toda esta manipulación de masas, una vez ganados los adeptos, y en consecuencia sus almas, su suerte está echada; al igual que su tiempo y dinero. Una droga que embota los sentidos y cercena las relaciones personales, cuando en los grupos en convivencia no todos gustan del deporte estrella, o la trepidante oferta al derredor. He conocido tipos que, aún en una sentida celebración, portaban un transistor donde poder seguir el hilo de la trama deportiva. Nada nuevo en el horizonte, ellos son el precedente de la drogadicción que representa la abotargada y constante comunicación personal. Qué lejos ha quedado aquello que citaba: «Abre los oídos a la voz del silencio y el universo te hablará».

Si hay una constante en la absurdidad, es el encumbramiento de los elementos más simples y tontos. Aquello que nos retrotrae a la infancia. Cuando contemplo toda la amalgama de estilos deportivos, sobresalen con luz propia los más adultos y los más infantiles. Y en entre estos últimos, se alza en el palmarés con todos los honores, el juego de la pelota. Ese balón que rueda entre piernas. ¿A que no me lo quitas?

No ha de extrañar pues que muchos de los aficionados se disfracen y pinten al uso de los antiguos celtas, dispuestos a sumarse a la histeria colectiva de su añeja pasión. Este hecho se enmarca dentro de un preocupante camino social. A poco que despabilemos, veremos cómo en todos los órdenes,  el mamotreto más hortero es lo que suele triunfar. Todavía resuena en mis oídos el eco de chabacanas cantinelas eurovisivas, y la vulgaridad más atrevida a lomos de infumables bestsellers. ¿Homo Sapiens? Creo sinceramente que alguien, en un arrebato de romanticismo, erró visceralmente en tal definición. Y de las fortunas dilapidadas en las apuestas deportivas prefiero correr un tupido velo.

¿Qué más se puede decir? Quizá, un recordatorio que nos refresque la memoria, y  no deje que olvidemos lo que sabemos bien. Que allá, en las tierras a lontananza, donde se elevan acantilados coronados de señoriales fortalezas, al pie de los valles boscosos, nunca hubo señorío que no hiciera cumplidos a don dinero, ni labriegos que no acataran el feudo de su señor. Pues el estipendio de todo noble es su inteligencia, y el del vasallo su labor.

Saquen ustedes las consecuencias.