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Crónica de diciembre de José Ramón Sales -Crónicas rebeldes- "Insensata insensatez"

INSENSATA INSENSATEZ

José Ramón Sales

 

 

 

 

Si algo parece ser cierto, es que el sol despunta por el este y fenece por el oeste, que nacemos y morimos; que, de no ingerir alimento, nuestro organismo se viene abajo, y que nuestro Sol colapsará su núcleo dentro de unos seis mil quinientos millones de años. El resto forma parte del particular peculio humano, repleto de una infinitud de conjeturas, de las que parece ajeno el curso natural de lo que llamamos vida. Generación tras generación, los seres humanos crean conceptos, instauran dogmas de fe, reflexionan filosóficamente creando corrientes de pensamiento, y un sinfín de cábalas más. Los dirigentes mundiales formulan los nuevos preceptos políticos, y los papas se suceden, rezando para frenar el mal que asola las generaciones, sin que tenga efecto en la trayectoria natural de la existencia. Mientras nos debatimos en nuestras particulares creencias y verdades, la síntesis de la creación corre paralela, al margen de las mismas. Nuestra arrogancia natural nos ha disociado de la verdad que tenemos delante de los ojos; una verdad que ha estado molestándonos desde que nos alzamos sobre nuestras dos piernas y el impensable pensamiento se llenó de lo que no es real.

Utilizando el concepto onírico como metáfora, ¿qué es real, y qué es sueño? Es bien patente la capacidad que los humanos tenemos para fabular, mecidos en constantes ensoñaciones, a la zaga de un ente utópico, casi rayano en el más puro romanticismo. Y creo que esto es precisamente la clave del malestar que aflige a la mayoría de pueblos de la Tierra. Ajenos a una verdad que no están dispuestos a ver, ni aceptar, se debaten en una serie de malformaciones emocionales, sociales, cuando no existenciales, que tiene su amarga respuesta a cada instante del recorrido vital. Cada áspera consecuencia, nuestros desencantos y ansiedades, vienen dados por la disociación que hemos creado entre que es, y lo que pretendemos ser.

El ser humano busca siempre placer; pero no existiendo tanta oferta como la demandada creada por nuestra predisposición, la naturaleza lo ha forzado a seguir lo que Nietzsche definiría como el «cauce de la invención del placer». Y como placer defino todo aquello que nos produce tal sensación, sea física, o espiritual. Todo lo que regale nuestros epicúreos sentidos, complazca el sentido de la existencia, o solace nuestra razón. Sin ello, nuestra conducta vital parece perder su intencionalidad. Quienes han siso erosionados vívidamente por las fauces de la muerte, han visto claramente las construcciones auxiliares que forjamos como una coraza protectora: las rutinas, las costumbres que nos dan apoyo. Y si la fe milenaria descansara en fantasías, y los hombres se hubieran guiado por un espejismo, ¿qué poso de realidad quedaría una vez sustraídas las fantasías religiosas? ¿Cómo se abriría paso la nueva configuración creativa de la vida? Y lo más importante: Presintiendo la materia oscura como la mayor parte de la esencia de nuestro Universo, ¿deseamos despertar?

 

La voluntad es libre en la propia percepción de la conciencia, y el ser busca fijaciones, que más tarde llamará verdades, adentradas en lo moral, en las leyes de la  naturaleza que parece olvidar, y en la historia, persiguiendo una orientación en medio de la monstruosidad y el caos. ¿Vivimos; o somos vividos?  ¿Es éste un mundo sensato? ¿Vivimos la realidad? A menudo,  despertados a la conciencia, nos parece no estar seguros de sentirnos despiertos, o tenemos la impresión de que el sueño sólo ha cambiado, perpetuándonos como eternos sonámbulos. Así pues, una máxima sería huir de la falsa espiritualidad y la falsa naturalidad,  pues la tarea de llegar a ser un ser humano es verdaderamente inmensa, sin necesidad de un delirio supraterrestre, o de cualquier otra índole. ¿Cómo no voy asombrarme antes las actitudes irreales de mis congéneres? Unos, hincan las rodilla, atrapados en dogmas ancestrales; otros, siguen ciegamente a dudosos líderes, sea cual sea lo que vendan. Muchos otros van en pos de los gurús del nuevo milenio. Las sociedades se agrietan, la violencia alcanza a los más púberes, siguiendo el ejemplo de los adultos; las relaciones sentimentales duran lo que un trago de vino de Jerez; pero sin solera. Miles se mueren de hambre; los niños son sodomizados y se trafica con órganos. Las mujeres son violadas, los criminales excarcelados, los asesinos en serie venden, los medios de información están manipulados, los políticos están corruptos, los gobiernos sólo miran el interés de lo aglutinado en sus altas esferas, y todo aquello que les pueda otorgar suculentos dividendos. Como el abogado, el médico, el gestor, el comerciante de la esquina; todos buscan lo mejor para sí, a costa del vecino. Porque, no nos engañemos; si los medios buscan la noticia en los asesinos, haciéndoles un reportaje, una entrevista, o incluso llevándoles a un programa de televisión, es porque hay un público dispuesto. Porque perverso no sólo es el que provoca heridas, sino también el que no pone remedio a las heridas que provocan los demás. Y ese público corrupto, aunque nos pese, somos todos nosotros, la sociedad, el monstruo. Claro está que, estando de moda lo de transferir responsabilidades, lo que se da en esta parte del mundo podemos achacarlo a la climatología propia de los países mediterráneos. Alejados del frío, amantes de la jarana y el ruido, la sangre no se hiela en nuestra venas; aunque, eso sí, parece que corre demasiado deprisa, tirando de lo que se cuece en el caldero del infierno.

 

No pocos pensadores han incidido en el concepto de monstruoso, como algo crítico, y a la vez solariego, instaurado a nuestro derredor. La vida misma revelada con su crudo rostro, y una negación que alimenta la monstruosidad, en medio de la cual el hombre está suspendido. La vida como el auténtico ser de pesadilla del que tarde o temprano surgen todos los males. Porque sólo es una cuestión de tiempo, y la felicidad, o la estabilización sólo es algo temporal, moneda de cambio. Para los que tienen la valentía de mirar al abismo, la perspectiva en cada valoración no puede faltar. Es así como se revelan los falsos motivos, los autoengaños y ardides de la mente. Pero, ¿quién hoy día está dispuesto a quitarse la venda? Tal y como cita Mountain Ear, «Lo malo de la experiencia es que por lo común le enseña a uno algo que realmente no quería saber».

 

Y aquí estoy yo, el renuente, el molesto, el ofensivo individuo haciendo gala de su terca obstinación por granjearse enemistades, dejando de lado los sabios consejos de Terencio: «La complacencia nos proporciona amigos y la verdad enemigos». Pero una fuerza poderosa jala desde mi niñez, y a estas alturas de la vida es tarde para lamentos, motivo por el que sigo intentando iluminar la oscuridad de cada instante vivido. Hay demasiada injusticia y demasiada maldad en el mundo para enmudecer mi boca y aquietar mi pensamiento; excesivo equipaje dentro de mí creando conflicto. Y, aunque los años afilan mi lengua, desconciertan mis emociones y ajan mi vestimenta, el afán por comprenderme es la mayor y más difícil aventura de todas cuantas emprendí. Confeso de mis impertinencias, opino que el hombre solamente es creativo cuando sigue siendo un enigma para sí mismo. No es el tiempo lo que transforma y desarrolla a la persona, sino la propia voluntad creadora.

 Lejos de convertirme en poeta de mi vida, al uso de Lord Byron, ya ven, sigo incidiendo en lo políticamente incorrecto, cerrándome puertas. ¿Así como voy a vender mi siguiente novela, «Al filo de la tiniebla»? Un nombre que, además, incide de forma inquietante en nuestras vidas. Cierto es, que temo la presentación el próximo año; aun así, la voz intemporal de Séneca se adosa a mis resecos labios, haciéndome pronunciar: «Prefiero molestar con la verdad, que complacer con adulaciones». Sin embargo, a puertas de un nuevo tiempo de fantasía, con el eco de los villancicos resonando al son del griterío propiciado por los botellones, dejaré que una vez más nazcan los buenos propósitos, y durante un momento me elevaré sobre el tiempo, saliendo de la propia evolución. Y bajo dicho éxtasis me sumiré en profunda reflexión, meciéndome entre las notas de la hermosísima Smile, de Michael Jackson, bajo cuyo acorde bailaré bajo las estrellas, apostillando la decisión de seguir caminando con valentía hacia mi destino final. Y mientras espero la llegada de Peter Pan para que me conduzca hasta el ensoñado país de Fantasía, les deseo a todos ustedes una feliz Navidad.